El derecho a la ofensa.

Si últimamente no te has ofendido con nada a tu alrededor, es que estás pasado de moda. No estás en el zeitgeist, que dicen algunos. Ofenderse es tendencia. Te proporciona una confortable sensación de superioridad, de elevación espiritual, ética y moral. Ofenderse es, desde luego, la manera de expresar tu compromiso con una causa, aunque no sepas muy bien cuál; demuestra tu implicación y tu solidaridad más absoluta. Ofenderse, además, es un acto sumamente democrático, porque lo puede hacer cualquiera y por cualquier motivo, pero, sobre todo, desde cualquier lugar: desde el sofá, desde el Starbucks, desde la playa, el Android o el iOs. Ofenderse, para acabar, es sutilmente sencillo para nuestra agotada mente: no hace falta pensar; tan sólo sentir. Maravillosa comodidad la del ofendido.

Fin de la ironía.

Las ventanas rotas de la ofensa.

Nuestra sociedad se hunde, lenta, irremediablemente, en las pantanosas aguas del ofendidismo. Como la rana que se hierve sin apreciarlo, nos estamos asfixiando en el aire tóxico de la colectiva ofensa permanente. Ayer es Zahara, anteayer Snickers. Hoy, la falla valenciana de la mezquita, la semana pasada C Tangana y su harén.

Y, sin darnos cuenta, vamos perdiendo derechos, dejando que nuestras reglas de convivencia se dicten al albur de los sentimientos, no de la razón. Como en la teoría de las ventanas rotas, nos ha sucedido que, cuando hace tiempo decidimos admitir que por el hecho de que un pequeño acto pudo ofender potencialmente a un sujeto especialmente sensible, debíamos cancelarlo… rompimos así el primer cristal del barrio de nuestra democracia. Y así, hoy, tenemos todos los ventanales rotos de la libertad de expresión.

Porque, como bien dice Nassim Nicholas Taleb, y acertadamente me recuerda Javier G. Recuenco, generalmente, el más sociópata marca las reglas del juego.

La ofensa y la madurez.

Madurar es, entre otras muchas cosas, decidir qué es lo que te puede ofender. Lo contrario, la sensibilidad extrema a la ofensa potencial, es delatora infantilidad. Porque madurar es, entre esas muchas cosas, dominar los sentimientos — las emociones — ; no negarlas, no exterminarlas: entenderlas, controlarlas, ser dueño de ellas; razonar, racionalizar.

Recuerdo el dicho en casa de mis abuelos: «no hay mayor desprecio que no hacer aprecio». Qué gran lección. Porque no ofende el que quiere, sino el que puede. Esto es, el que ofende lo hace sólo al que se deja ofender.

Democracias liberales: en defensa de las libertades

Dice sabiamente el profesor Navajas que las democracias verdaderas son las liberales — no las orgánicas, conservadoras; no las populares, socialistas — , que «anteponen los derechos de los individuos frente a las demandas de la mayoría».

Por eso, estoy convencido de que, hoy más que nunca, debemos promover, luchar y reclamar una nueva libertad, un nuevo derecho: el derecho a la ofensa. Del mismo modo que nuestros abuelos liberales dieron su vida por la libertad de expresión, por la de conciencia, por la libertad religiosa, de opinión; por la libertad de prensa e imprenta… nuestro tiempo necesita de esta nueva libertad. El derecho a la ofensa.

Imprimámoslo en el mismo artículo 16 de nuestra Constitución, o en el 20, junto al derecho a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones, a la producción y creación literaria y artística, sin censura previa.

Sí, querido ofendido: tengo derecho a ofenderte. A expresar mi ironía, mi sarcasmo. A opinar sobre tus sentimientos. A reventar tus creencias. Así, aunque ahora no lo creas o te parezca impensable, ha sido como ha avanzado la humanidad. Así Castellio, contra Calvino. Así tantos otros que supieron que la libertad, cuanto más extensa, más humana.

Y así, porque prefiero una sociedad de individuos maduros, responsables, racionales, que soporten y acepten las ofensas por encima de sus emociones, a una sociedad infantilizada, irracional, esquizofrénica, declaro desde hoy mi defensa a ultranza del derecho a la ofensa.

Referencias e ideas:

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Et caetera omnia bene

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